lunes, 10 de marzo de 2014

SE HACE PAISAJE AL CAMINAR



El arquitecto paisajista adquiere un papel fundamental en el contexto de la palabra paisaje ya que actúa como catalizador de una serie de procesos de percepción y de creación del entorno que le rodea.

En este blog de la sección de estudiantes de la Asociación Española de Paisajistas, en esta nueva andadura que comenzamos, proponemos precisamente caminar como método para afrontar nuestro reto: intervenir en el paisaje.

Para ello nos inspiraremos en una conferencia impartida por la Doctora en Bellas Artes Silvia López Rodríguez de la Universidad de Málaga titulada “Percepción y creación de la ciudad” y que versa sobre la vivencia del entorno urbano a través de una experiencia artística, la deriva, o lo que es lo mismo, la exploración del paseo como práctica estética para la adquisición de información de corte cualitativo sobre la ciudad, que nosotros creemos de aplicación al paisaje en su conjunto y no sólo al de naturaleza urbana.

I. El ciclo de la percepción significante

La percepción está en relación con el conocimiento y la sensibilidad. Así, para poder hablar de una percepción significante se hace necesaria la presencia de tres elementos:

  1. La realidad construida: la materialidad del espacio físico que nos envuelve y desde donde el paisajista pone en funcionamiento un proceso sensitivo.
  2. La sensibilidad: actúa como vehículo y puente entre la realidad exterior y la interior; es la base para el conocimiento y la creación.
  3. El conocimiento: el paisajista a través de un proceso cognitivo, recoge la información necesaria aportada por sus sentidos para elaborar imágenes y mapas mentales. En este punto el paisajista revierte el proceso de aprehensión para traducirlo en construcción, que a través de procesos artísticos-creativos plasmará de nuevo en la intervención, cerrando así el ciclo.

Como resultado de este proceso, el paisajista se perfila como un atrapasueños, un cazador de trazas invisibles que afloran a la superficie a través de mecanismos mentales que, en lo posible, trataremos de desvelar en las siguientes líneas.

II. El paisajista descalzo

“En cada instante hay más de lo que la vista puede ver, más de lo que el oído puede oír, un escenario o un panorama que aguarda ser explorado” escribía Lynch en su obra La imagen de la ciudad (Lynch, 1974: 9). Ver, significa percibir las diferencias y discontinuidades del espacio; ver, significa distinguir lo visible y lo invisible… el paseo permite trascender lo lúdico para devenir en método, metáfora de la forma misma de la experiencia de lo real.

El paisajista, descalzo siempre ante el paisaje, puede, al caminar, configurar un lenguaje personal que le ayude a descifrar lo que encuentra a su paso.

A pesar de la hegemonía de la visión en la percepción del entorno, cada experiencia significativa es multisensorial. Cualidades como la textura, las dimensiones de un espacio o la escala se miden por medio del ojo, el oído, la nariz, la piel, el cuerpo entero… no podemos olvidar tampoco que cuando miramos el ojo toca, por eso antes de mirar un objeto, sin darnos cuenta, ya lo hemos sentido.

Los sonidos, los olores, los sabores, los cambios de temperatura… sirven para registrar el mundo. Todos los sentidos se concatenan y relacionan, traspasando nuestros esquemas mentales y ofreciendo nuevas experiencias, haciendo que nuestra vivencia sea, como ya dijimos, multisensorial.

Pero el entorno no es capturado solamente por los sentidos: el paisajista interioriza sus percepciones revirtiendo el proceso y proyectando sus imágenes mentales sobre el paisaje, realizando de este modo un acto creativo y manteniéndose suspendido -ya de forma irremediable y permanente- entre la certeza y la incertidumbre, la fe y la duda.

Tanto es así, que el paisajista “está siempre a la caza de algo escondido o solo potencial e hipotético, y sigue sus trazas que afloran a la superficie” recordando unas palabras de Italo Calvino. Entre las infinitas formas del paisaje, persigue las que tienen sentido, significado… en una búsqueda de respuestas consciente y constante. En este sentido y rememorando otra vez al mismo autor, la ciudad invisible que rastrea es más real de lo que parece, pues aunque parezca que estas trazas invisibles “son obra de la mente o del azar, ni la una ni el otro bastan para mantener en pie sus muros” (Calvino, 1994: 58). Es entonces cuando nos damos cuenta que su materialización coincide con la respuesta a una pregunta nuestra. El paisajista encuentra el hilo que enlaza los elementos, la norma interna, el discurso que la dirige… el acertijo. Se produce pues, una renovada común-unión entre paisajista y entorno, un nuevo paisaje.

III. La deriva

Pasear no es sólo una forma de desplazarse; el andar es una forma de apropiación, de reconocimiento e identificación del entorno. Bajo esta perspectiva, la primera actividad errática de carácter artístico realizada conscientemente para el estudio y entendimiento de la ciudad –paisaje urbano- la encontramos a comienzos del siglo XX con el primer paseo llevado a cabo por los dadaístas. Aún así, fue Guy Debord quien definió la deriva como una forma de investigación espacial y conceptual de la ciudad a través del vagabundeo, centrada en los efectos del entorno urbano sobre los sentimientos y las emociones individuales.

Existen evidentemente otros precedentes de esta forma de paseo urbano, desde el concepto de flâneur de Nerval y Baudelaire hasta llegar a Apollinaire y Benjamín; pero son las deambulaciones surrealistas las que comienzan a analizar de una forma más exhaustiva la experiencia artística del andar en las calles. Se centraron en los encuentros casuales, los movimientos y atracciones inconscientes e irracionales de la ciudad moderna. Estas búsquedas surrealistas de interacción psicológica con el entorno urbano pasaron a los situacionistas que las ampliarían y con Debord insistirían en el carácter más urbano y objetivo de la deriva.

Las ideas situacionistas están todavía presentes en el arte contemporáneo y en la obra de artistas como Hans Haacke, Benjamín Patterson, Barbara Kruger además de en las intervenciones urbanas de Bernard Tschumi o Nigel Coates.

El andar, la deriva, supuso una práctica que contribuyó a definir un nuevo camino en el arte contemporáneo. Una nueva vía de expresión, donde el objeto se ha transmutado, no es un fin, sino el resultado simbólico de un proceso estético experimental.

Por ejemplo, Richard Long responde a su necesidad de contemplación de la complejidad que le rodea a través del paseo; se trata de una contemplación reflexiva, donde la realidad circundante no es algo ajeno a él. Paseante y paisaje se funden en un solo ente. El paseo deviene en método para resolver un “imperativo de lucidez” y de “necesidad de conciencia” (entendemos el término “imperativo” como voluntad sugerente e hipotética, sometida a múltiples condicionamientos de realidad, matizada voluntad de claro entendimiento –lucidez- y asunción de responsabilidad en el ejercicio del arte. Y “necesidad de conciencia” como la necesidad real de observar las causas y efectos del ser actual del arte. Necesidad esencial, cognitiva y real, referida a lo que concierne, a lo que se dice, al discurso artístico). Richard Long responde al perfil de cartógrafo de la realidad desde su caminar. Sus paseos tienen un origen y un término. La experiencia que el artista vive en el recorrido es un intervalo cerrado, ausente, y contenido al tiempo en la obra: “una escultura ordena y concentra materiales. Es un alto en el camino. Un paseo es una manera sencilla de pasar y ordenar el tiempo. Mi arte es un compromiso con la forma, la materia, el espacio y el tiempo del mundo, está en la naturaleza de las cosas”. (Long, 1986: 138)

De la teoría de la deriva de Guy Debord se desprende lo que sigue:
-          su intención de objetividad en un método de exploración de los espacios urbanos.
-          Su carácter consciente como metodología de acción en la vida real.
-       El carácter aleatorio de las deambulaciones donde el azar es variable en intensidad y participación según el grado de consciencia psicogeográfica que posee el sujeto que deriva.

El paseo, la deriva, se está consolidando en la actualidad como un modo de expresión y una herramienta de conocimiento de las transformaciones que ocurren ya no sólo en el espacio urbano sino en cualquier entorno. La deriva se compara a un viaje, hacia el encuentro de algo que andamos buscando sin saber bien qué es. Y el viaje que la deriva representa se entiende como proyección del pensamiento sobre la materia. La acción de percibir es ya una forma de pensar que se completa en el interior para después ser exteriorizada, comunicada. Este trueque procesual de realidades se establece como metodología de proyectación.

En definitiva, la deriva es un recurso polivalente, cuya práctica sistemática contribuye a la mejora de la intervención en el paisaje ya que promueve la activación de la relación entre el paisajista y el área de estudio, generando información cualitativa de análisis útil en la identificación, definición y valoración de ese paisaje que hace suyo.

Así, pasear activa los sentidos en el tiempo y en el espacio. Supone sentir desde “fuera” para que después suceda una apropiación desde “dentro”, reactivándose la capacidad para dar soluciones pues como decía Italo Calvino, “de una ciudad disfrutas la respuesta que da a una pregunta tuya, o la pregunta que te hace obligándote a responder” (Calvino, 1990: 58).








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